
Relatos con corazón

Una noche tuve un sueño...
soñé que estaba caminando por la playa con el Señor
y, a través del cielo, pasaban escenas de mi vida.
Por cada escena que pasaba, percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena:
unas eran las mías y las otras del Señor.
Cuando la última escena pasó delante nuestro
miré hacia atrás, hacia las pisadas en la arena,
y noté que muchas veces en el camino de mi vida
quedaban sólo un par de pisadas en la arena.
Noté también que eso sucedía
en los momentos más difíciles de mi vida.
Eso realmente me perturbó
y pregunté entonces al Señor:
"Señor, cuando decidí seguirte
tú me dijiste que andarías conmigo,
a lo largo del camino, pero mirando atrás,
durante los peores momentos de mi vida,
encuentro sólo un par de pisadas.
No comprendo porqué me abandonaste
en las horas en que yo más te necesitaba".
Entonces, el Señor, clavando en mi su mirada infinita me contestó:
"Mi querido hijo. Yo te he amado
y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles.
Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas
fue justamente allí donde te cargué en mis brazos".

Un sacerdote recibió la petición de una buena feligresa, joven, de si podía ir a asistir a su padre, enfermo de gravedad, a su casa.
Cuando dejaron al sacerdote en la habitación del enfermo, a solas, ya había una silla al lado de su cama.
- "Supongo que me estaba esperando", le dijo.
- "No, dijo el hombre.
- “Cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que sabía que yo vendría a verlo".
- "Oh sí, la silla", dijo el enfermo. "Toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar... hace unos cuatro años, mi mejor amigo me dijo: José, esto de la oración es tener una conversación con Jesús. Así es como lo hago ahora: pongo una silla vacía enfrente, y me imagino a Jesús sentado delante de mí. Lo hago cada día”.
El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo, y que no cesara de hacerlo. Recibió el buen hombre los sacramentos de enfermos, y el sacerdote volvió a su parroquia.
Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido: "cuando salí de la casa... me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer compras una hora más tarde ya lo encontré muerto. Pero hay algo extraño, pues lo encontré recostado encima de una silla, que estaba al lado de la cama...” Justo antes de morir, haciendo esfuerzo, recostó su cabeza en la silla, y ahí encontró la muerte.
El sacerdote se emocionó pensando en aquella última conversación de confianza abandonada que el buen José tuvo con Jesús.
A cuantos nos cuesta encontrar a Jesús en nuestra vida, cuantos nunca saben si su oración fue bien realizada, cuántos no saben que, hablarle a Dios, es sentarse y conversar amorosamente , Él nunca nos hará callar, Él siempre nos va a escuchar. Cuando necesitamos urgente de su apoyo, Él ya se encuentra a nuestro lado, nunca nos deja solos.
Espero, que al igual que éste pobre hombre enfermo, pueda yo, descansar mi vida, en el regazo de Jesús, al final de mis días, en la transición de mi alma.
Una vez había una gran fiesta en un pueblo. Toda la gente
había dejado sus trabajos y ocupaciones de cada día para reunirse en
la plaza principal, en donde estaban los juegos y los puestos con
tantas cosas como uno pueda imaginarse.
Los niños eran quienes gozaban con aquellos festejos populares. Había venido de lejos todo un circo, con payasos y equilibristas, con animales amaestrados y domadores que les hacían hacer pruebas y cabriolas. También se habían acercado hasta el pueblo toda clase de vendedores, que ofrecían golosinas, alimentos y juguetes para que los chicos gastaran allí el dinero que sus padres, abuelos, padrinos les habían regalado con objeto de sus cumpleaños, o pagándoles trabajitos extras.
Entre todas estas personas había un vendedor de globos. Los tenía de todos los colores y formas. Había algunos que se distinguían por su tamaño. Otros eran bonitos porque imitaban a algún animal conocido, o extraño. Grandes, pequeños, vistosos o raros, todos los globos eran originales y ninguno se parecía al otro. Sin embargo, eran pocas las personas que se acercaban a mirarlos, y menos aún los que pedían para comprar algunos.
Pero se trataba de un gran vendedor.
Por eso, en un momento en que toda la gente estaba ocupada en curiosear y detenerse, hizo algo extraño. Tomó uno de sus mejores globos y lo soltó. Como estaba lleno de aire muy ligero, el globo comenzó a elevarse rápidamente y pronto estuvo por encima de todo lo que había en la plaza. El cielo estaba claro, y el sol radiante de la mañana iluminaba aquel globo que trepaba y trepaba, rumbo hacia el cielo, empujado lentamente hacia el oeste por el viento quieto de aquella hora. El primer niño gritó:
-¡Mira mamá un globo!
Inmediatamente fueron varios más que lo vieron y lo señalaron a sus chicos o a sus más cercanos. Para entonces, el vendedor ya había soltado un nuevo globo de otro color y tamaño mucho más grande. Esto hizo que prácticamente todo el mundo dejara de mirar lo que estaba haciendo, y se pusiera a contemplar aquel sencillo y magnífico espectáculo de ver como un globo perseguía al otro en su subida al cielo. Para completar la cosa, el vendedor soltó dos globos con los mejores colores que tenía, pero atados juntos.
Con esto consiguió que una tropa de niños pequeños lo rodeara, y pidiera a gritos que su papá o su mamá le comprara un globo como aquellos que estaban subiendo y subiendo. Al gastar gratuitamente algunos de sus mejores globos, consiguió que la gente le valorara todos los que aún le quedaban, y que eran muchos. Porque realmente tenía globos de todas formas, tamaños y colores. En poco tiempo ya eran muchísimos los niños que se paseaban con ellos, y hasta había alguno que imitando lo que viera, había dejado que el suyo trepara en libertad por el aire.
Había allí cerca un niño negro, que con dos lagrimones en los ojos, miraba con tristeza todo aquello. Parecía como si una honda angustia se hubiera apoderado de él. El vendedor, que era un buen hombre, se dio cuenta de ello y llamándole le ofreció un globo. El pequeño movió la cabeza negativamente, y rechazó cogerlo.
Pero el niño negro, con dos grandes ojos tristes, hizo nuevamente un ademán negativo rehusando aceptar lo que se le estaba ofreciendo.
Extrañado el buen hombre le preguntó al pequeño que era entonces lo que lo entristecía. Y el negrito le
contestó, en forma de pregunta:
Entonces el vendedor entendió. Tomó un hermoso globo negro, que nadie había comprado, y desatándolo se lo entregó al pequeño, mientras le decía:
Con ansiedad y esperanza, el niño soltó lo que había recibido, y su alegría fue inmensa al ver que también el suyo trepaba velozmente de igual manera que habían hecho los demás globos. Se puso a bailar, a palmotear, a reírse contento y feliz.